
Casa CM: cuando la norma se vuelve proyecto
Espacio&Confort


La Casa CM nace a partir de una condición tan clara como desafiante. Emplazada en un barrio cerrado cuya normativa exige que todas las viviendas cuenten con techos inclinados, el proyecto —desarrollado por los arquitectos Matías Mosquera y Nicolás Krause— transforma esa obligación inicial en el verdadero motor conceptual de la obra. Lejos de entender la reglamentación como un límite, el estudio decidió asumirla como punto de partida. El diseño se abordó como un proceso abierto, casi editorial, en el que se exploraron múltiples posibilidades hasta llegar a una imagen tan simple como potente: la casa arquetípica de dos aguas. En ese camino, el ladrillo apareció como la materialidad inevitable, no solo por su carga simbólica, sino por su capacidad de dar unidad, carácter y profundidad espacial. Históricamente, las viviendas de ladrillo con techos inclinados han estado asociadas a espacios cerrados y oscuros, poco vinculados con el exterior. El desafío central del proyecto fue, precisamente, revertir esa lógica y construir una casa contemporánea, luminosa y profundamente conectada con su entorno natural. El lote ofrecía una condición excepcional: un bosque al fondo, que se convirtió en el verdadero protagonista del proyecto. Toda la vivienda se organiza para vivir ese paisaje, evitando las visuales hacia los vecinos y generando una relación constante con el verde desde cada uno de sus ambientes.



La casa se estructura a partir de tres volúmenes con techos inclinados, orientados hacia el fondo del terreno. Para evitar una composición excesivamente rígida, el volumen central se eleva y se cruza con los otros dos, dando lugar a un espacio público que sucede entre los cuerpos construidos. De este modo, el estar principal queda definido por la superposición de planos de ladrillo, donde techo y muro se funden, y el paisaje aparece enmarcado como una escena permanente. En el interior, el ladrillo deja de ser un elemento monolítico para convertirse en un sistema de gradientes. Muros que se perforan, tramas que se abren o se cierran progresivamente, filtros que permiten regular la entrada de luz y las visuales. No hay dicotomías estrictas entre abierto y cerrado, sino una sucesión de situaciones intermedias que enriquecen la experiencia espacial y acompañan los distintos momentos de uso y privacidad. La relación entre interior y exterior se construye así de manera sensible, donde la luz natural, el paso del tiempo y el paisaje definen la atmósfera de cada ambiente. Esta búsqueda se apoya en una única materialidad llevada al límite de sus posibilidades expresivas. El proyecto encuentra su cierre —y a la vez su expansión— en el trabajo paisajístico de Carolina Pell. La presencia de un roble y dos cipreses calvos preexistentes marca el carácter del lote y potencia la idea de casa inmersa en la naturaleza. La intervención vegetal refuerza la sensación de que la arquitectura se diluye, permitiendo que la experiencia de habitar esté dominada por lo que sucede afuera. En la Casa CM, la arquitectura no busca imponerse, sino actuar como marco. Un soporte silencioso que hace posible una manera de vivir donde el interior y el exterior se funden, y donde el paisaje termina siendo, definitivamente, el verdadero protagonista.•
Fotos: Hernán Domínguez
PROYECTO
Arq. Matías Mosquera
Atelier M - Ig: @atelierm.ar
Arq. Nicolás Krause
Paisajismo: Carolina Pell / Ig: @carolina.pell
















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